Yo tengo la teoría de que el mundo es una cebolla. La realidad es una. Lo demás son capas de conciencia que le endosamos con nuestra percepción. Seguramente esto no es nada nuevo ni original.
La realidad es una simpleza. Nuestra percepción, nuestro estado de conciencia, crean la multiplicidad o los matices. Son todo disfraces más o menos translúcidos, personales e intransferibles.
Hay días en que tengo la sensación de disfrutar, o sufrir, de una extraña y acusada percepción de capas que otros, quizá, no perciben. Y seguramente otros días mi conciencia es bastante mediocre.
Por ejemplo, ayer observé mil y un rostros en el metro. Y todos me parecieron extraña y singularmente hermosos. La belleza estaba en mis ojos. Tenía conciencia de una capa más profunda que de habitual… Una sensibilidad precisa y extraña…

No sé por qué, he recordado una frase de Neruda que decía que la poesía existía ya antes de la escritura y la imprenta. La poesía se expresó en lo que ya contaba la humanidad cuando inventó algún lenguaje con su voz. Tal vez lo he recordado porque eso es lo primigenio, lo primero, el centro…
Yo creo que la realidad, el centro mismo de la cebolla, es de una simpleza tal que la poesía es el único lenguaje que conoce.
A veces lo veo, fugazmente.
Yo escribí varios libros de poemas. Pero de un tiempo a esta parte casi nunca escribo lo que percibo en esos estados de conciencia. No busco palabras, sólo los contemplo.
Así es más poético y simple, más real. Una simple cebolla, de capas casi siempre translúcidas, que se abre ante tus ojos… tal vez es el único instante en el que la mirada va desde ahí a tus ojos y no al revés.
Pero nunca se llega al centro, porque el centro no tiene nuestra fragmentada y distorsionada sensibilidad.
Todo es dejarse llevar, dejarse mirar. Y ves el mundo. El mundo que te mira.